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La religión como cultura

2024, 1100 palabras

Hoy he vuelto a darme cuenta de lo importantísima que es la religión. Nos hemos pegado un tiro (quizá letal) al abandonarla. Sentir esa conexión con Dios, que no es sino sentir conexión con el Cosmos, con el Ser, con la Existencia, era absolutamente nuclear y central en la vida de nuestros antepasados, y es normal que lo orientase todo. Es que, en cierto sentido, no hay nada más grande que eso. Cuando uno se encomienda a «lo más grande que haya», eso, comoquiera que se conceptualice, es Dios.

Y seguro que hasta los ateos más recalcitrantes tienen, aunque quizá solo en ciertos momentos clave de sus vidas (emparejamiento, nacimiento de sus hijos, desgracias, muerte), esa sensación de conexión con lo sagrado. Lo que las religiones hacen es coger esa sensación y canalizarla y envolverla en gruesas capas de doctrina que al final conforman una especie de «fenotipo extendido», como dice Elevate Thy Gaze.

Y en el fondo, entonces, religión es lo mismo que cultura. Las culturas y los pueblos humanos se distinguen –se individúan, de hecho– por su religión, que es su cultura, que es su fenotipo extendido, que es la suma de sus valores más profundos o más sagrados, que es su forma de darle sentido a lo más profundo o importante de la existencia, o a lo que ellos vean como lo más importante de la existencia. Es todo lo mismo.

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Por eso un bárbaro es alguien que adora a otros dioses, que quiere decir: alguien que tiene valores diferentes, que tiene una cultura diferente, que tiene una forma de desenvolverse en el mundo diferente, que constituye una forma de vida diferente: un fenotipo extendido diferente. Ese bárbaro es el Otro, porque si no compartes lo más profundo, los valores más nucleares y las inclinaciones más profundas y fundamentales con alguien, ¿cómo vais a entenderos lo bastante como para cohabitar en un mismo espacio? Igual que no podríamos emparejarnos con alguien con quien no compartimos al menos cierto núcleo de valores y creencias fundamentales, o –en términos menos intelectualizantes– cierta orientación básica ante la vida (por ejemplo: ¿queremos tener hijos o no queremos tener hijos? etc.), pues lo mismo pasa con la gente de otras culturas. Si no rezan a tus mismos dioses (tómese esto en sentido literal o como metáfora), o no se postran ante lo que tú te postras, ¿cómo vais a congeniar lo bastante como para formar una sociedad juntos? Lo sagrado, el cómo se toma uno o cómo afronta uno las cosas más importantes de la vida, el qué venera cada uno; en definitiva, la cuestión de qué es lo más sagrado para cada uno, es lo más fundamental que hay. «¿A qué dioses rezas?» se convierte en la pregunta clave, porque eso vehicula todo lo demás. Todo lo demás está contenido en eso.

Y esta es, incidentalmente, una de las razones de más peso contra el multiculturalismo ingenuo y al mismo tiempo dogmático que hemos adoptado como valor supremo en Occidente a día de hoy.

Por eso nosotros, al secularizarnos y alejarnos de lo sagrado, hemos cometido un terrible error, que quizá se demuestre fatal con el tiempo. Por eso los jóvenes de hoy están (estamos) como pollo sin cabeza: nada guía la acción, nada guía la vida; la vida sin trascendencia se queda completamente hueca. No se mira adelante porque la sociedad misma se ha vendado los ojos y se ha prohibido mirar adelante; porque lo único que valoramos en nuestra cultura es la paz, y, evidentemente, valorar demasiado la paz lleva a adorar la muerte, que es lo más pacífico que hay. Nos hemos convertido en acólitos de la muerte a base de no querer aguantar el sufrimiento, propio y ajeno, de la vida. Pero es que es normal. Para aguantar el sufrimiento de la vida, que siempre existe –incluso en tiempos materialmente tan cómodos de vivir como los nuestros–, que siempre está ahí, hace falta esa sensación de que lo estás haciendo por algo, de que merece la pena: es decir, esa sensación de trascendencia, de que la vida va más allá de uno mismo, de que la existencia no se agota en uno y en los pequeños placeres y desgracias que a uno le suceden, sino que todo eso se está haciendo por algo: que tiene un sentido. Y esa es la sensación también de apuntar hacia Dios. De estar orientado hacia (servir a) Dios, sea como sea que lo concibas. Dios, tu Dios, o tus dioses, sean los que sean –pues no son sino una expresión de lo que consideramos sagrado–, hacen falta para poder mirar todos al mismo horizonte y decir: hacia ahí.

Y me atrevería a decir que tanto los tecnoaceleracionistas como los apóstoles del wokismo, como todos aquellos que sí sienten esa direccionalidad, ese impulso teleológico, ese sentido trascendente de la vida, aunque digan ser ateos, si son ateos lo son en un sentido enteramente superficial: en el sentido de no compartir un dios determinado (el cristiano, o el de las Religiones del Libro, quizá), pero no en el sentido profundo de no tener trascendencia o cosas consideradas sagradas. Y de ahí ese lugar común tan repetido de que el wokismo es una religión o el cientificismo es una religión y demás: efectivamente, siempre que se orienten hacia algo supremo (y eso puede ser tan variado como un ideal de justicia social, o de eliminar el sufrimiento en el mundo, o de maximizar la inteligencia en el universo, o lo que sea); siempre que tengan un «destino universal», por decirlo así, tales movimientos serán religiosos en el sentido profundo de la palabra.

Y esta también es la razón, por cierto, por la que tradicionalmente se ha temido y odiado tanto a los ateos: porque el ateo en sentido profundo, el que realmente no tiene nada por sagrado ni apunta a ningún fin trascendente que orqueste su vida, es un puto peligro; o, en el mejor de los casos, un peso muerto. El ateo en ese sentido es como los jóvenes zoomers y posteriores: está perdido en el mundo, sin ancla, a la deriva, y por tanto es peligroso; o, cuando menos, es tan extraño como el bárbaro cuyos valores son completamente distintos de los propios. Entre un Otro que tiene valores completamente distintos y un Otro que carece de valores en absoluto no hay diferencia desde el punto de vista del sujeto.

Y por eso nuestros hijos tienen que ser religiosos. No podemos permitirnos seguir teniendo una sociedad de ateos. La gran crisis de nuestro tiempo en Occidente es la crisis de religión, la muerte de Dios: ahora lo veo claro. Y esto es así porque la religión es la cultura. Al morir el cristianismo está muriendo, con él, la cultura occidental, y por eso ahora toca reinventarla y revivirla: crear nuevos dioses para los nuevos tiempos.

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