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Sobre el poder

2023, 900 palabras

El superior posee al inferior, en un sentido muy directo, aunque esa relación de subordinación puede ocultarse hasta llegar a parecer, en circunstancias normales, que no existe, y crear la ilusión de que ambos son independientes o tienen el mismo poder. Pero en circunstancias críticas (de crisis, de necesidad, de tensión extrema, de estrés), esa subordinación volverá a hacerse patente: volverá a salir a la luz.

Además, curiosamente, el poder es irrenunciable: no puedes no ejercerlo. El superior no puede renegar de su poder sobre el inferior, aunque quiera; el inferior siempre estará bajo su dominio, bajo su poder. La única manera de renegar de ese poder, de cortar ese lazo asimétrico que los une, es alejarse: vivir en ecosistemas distintos, lo más separados posible; no compartir un mismo nicho ecológico (no depender de los mismos recursos, no vivir en el mismo espacio, etc.). Solo así puede la relación de dominio extinguirse realmente. Mientras convivan, o estén en el mismo nicho ecológico, el poderoso tendrá poder sobre lo que le pase al subordinado, y no podrá quitarse ese poder de encima, porque, haga lo que haga, decida lo que decida (por ejemplo matarlo, o dejarlo vivir, o castrarlo, o dejar que se reproduzca, o explotarlo para su beneficio, o no explotarlo por el momento); cualquier cosa que decida hacer con el inferior será una decisión unilateral suya, que el inferior no podrá sino acatar.

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Yo puedo matar a mi gato si quiero, o dejarlo vivir; puedo castrarlo o dejar que se reproduzca; puedo darle más espacio en la casa o confinarlo en un espacio más cerrado; puedo tratarlo mejor o peor; puedo incluso decidir tratarlo en la medida de lo posible como a un igual, y hacer como si esa relación de poder no existiese o fuese menos decisiva de lo que en realidad es. Podemos incluso olvidar que existe. Pero en momentos de crisis, de necesidad o de tensión, esa desigualdad fundamental volverá a aflorar y hacerse recalcitrantemente patente: si falta comida, dejaré morir al gato antes que morir yo o mi familia; si me resulta conveniente castrarlo, lo castraré; si estoy bajo un estrés elevado y pierdo los nervios, lo trataré mal, etc. Y nada de eso depende en absoluto del gato. El gato está completamente vendido: completamente subordinado, subyugado, dominado, sujeto, sometido. Yo decido sobre él, sea en un sentido o en otro. E incluso si decido dejar que viva en la mayor libertad posible, dejando que entre y salga cuando quiera, y que pueda ir y venir y relacionarse con otros gatos y cazar y ser lo más autónomo posible, soy yo quien está permitiendo que eso sea así, y en cualquier momento (mientras sigamos, como decía antes, conviviendo o compartiendo un mismo espacio) podría dejar de permitirlo.

Esa es la clave. Por eso la libertad del gato, si existe, es una ficción: es una libertad superficial, aparente, ilusoria, que solo existe mientras yo decida no intervenir y cortarla. El que el gato tenga o no tenga esa libertad depende enteramente de mi arbitrio y no del suyo; lo cual indica, evidentemente, que no es libertad propiamente dicha, sino una pantomima, una sombra, un juego. La libertad real solo la tiene el fuerte, el poderoso. El que vive en un «espacio prestado» o un espacio poseído por otro más fuerte («owned space», en términos de Costin Alamariu), está condenado a estar bajo el arbitrio del más fuerte. La única manera de ser realmente libre es convertirte a tu vez en el fuerte: ganar poder.

En el caso del gato respecto a un humano, habiendo un diferencial de poder tan abrumador por razones puramente biológicas, esa liberación o emancipación solo podría darse con millones o al menos cientos de miles de años de evolución natural favorable al gato y desfavorable al humano (si introducimos la evolución artificial quizá fuera más factible, pero los animales no tienen capacidad de hacer eugenesia consciente, mientras que los humanos sí, de modo que siguen estando vendidos respecto a nosotros), con lo cual puede que, a partir de cierto punto de no retorno, un diferencial de poder dado ya sea prácticamente imposible de revertir, salvo por accidentes o circunstancias sobrenaturales y externas a ambas partes; es decir, salvo por «suerte». Pero en el caso de que el diferencial de poder sea menor, como ocurre, por ejemplo, entre una clase social y otra, las posibilidades de que la balanza se invierta son algo menos desesperadas: se pueden coger las armas, se puede luchar, y la relación de poder puede (en principio, aunque en la práctica sea muy difícil) cambiarse por la fuerza.

La guerra y la revolución son la única esperanza de los débiles: todo lo demás es una pantomima. Por eso es tan sumamente crucial tener armas y saber usarlas, y ser capaz de hacer daño, y ser capaz de suponer una amenaza de muerte para el otro: si no, puede que en tiempos de paz y bonanza vivas en una ilusión de libertad y relativa igualdad, pero cuando caiga la noche y se deshagan los tenues velos de la cordialidad vecinal y la normalidad institucional, te darás cuenta de que estabas tan vendido como un gato viviendo en la casa de un humano. El que tenga en ese momento las armas, o la fuerza, o la capacidad de hacerte daño o matarte, podrá hacer lo que quiera contigo.

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